TORIBIÓN DE LLANOS Y LA CAZA DEL OSO (V): UNA HAZAÑA DE TORIBIÓN

En un número de hace varias décadas de la revista Lena, el periodista Rebustiello, firmando como Lin de Roces, publicaba una de las hazañas que se recuerdan del popular matador de osos. Aunque tal vez algo fantaseada y arreglada, no se equivoca sin embargo en la descripción del cuerpo a cuerpo con el oso. Del resto, queda a juicio del lector la distinción entre novela y realidad.

 Man fighting bear. Davy Crockett's Boy Hunter by Edward Willett

 

UNA HAZAÑA DE TORIBIÓN DE LLANOS

 Julio de 1820, era mediados de mes y en Llanos de Somerón, como en toda la comarca la lluvia pertinaz y abundante no dejaba a los labradores ocuparse de las faenas de la hierba. Debajo de un hórreo del lugar, entre ellos el famoso mata-osos Toribión, varios mozos del lugar mataban las horas de un domingo, cabruñando las guadañas, haciendo mangos para las azadas o entreteniéndose en otras labores, a la vez que charlaban sobre las cosas del pueblo.

  • Mira, esti año nun coyemos ni un arbeyu. Esos que quedaron de venir de Uviéu, a estudiar el por qué aquí se cosechen tan tarde. Dixen que saben diferentes a los otros, cuentiquinos. Xente que nun tien que facer y quier que perdamos el tiempo.

Decía Tomás el de Colasa, buen parlanchín y excelente segador.

  • ¿Y a Toribión nun y decís na? Fay lo menos dos meses que nun mata un osu. Y eso que diz que un lu hay como él en eso de cazalos.

Apuntó con sorna Joaquín el de Marcela, que siempre que podía gastábale bromas.

Bramó el mata-osos. Miró para Joaquín y díjole:

  • Calla babayu, sabes bien que nun queda unu desde Bendueños a Valgrande. ¿Quies que dexe les faenes del quempu pa ir a buscalos donde los hay?
  • Eso son disculpes probes.

En esto los presentes, pese a tormenta, oyeron por la entrada del pueblo camino de Carraluz, unas voces desesperadas y lastimosas. Salieron todos de bajo del hórreo y tapándose con sacos fueron hacia allá. Era Miguel el Tolena que a la vez que corría iba diciendo:

  • Los osos matáronme dos vaques. Dexáronme en la ruina. Nun pude cuidales por lo que chovía. Fue en el altu dando vista a Les Piñeres. ¡Hay mio madre, arruináronme!

Trataron de calmarle. Y todos juntos fueron para debajo del hórreo. Y habló Xuan el Rexidor del pueblo:

  • Mirái, díxonos el alcalde el sábadu pasao en la Pola que había recibido orden, por la que debía pagar 30 reales, por cada piel de osu que se presentase en el Ayuntamiento.

Nada más decir esto todas las miradas recayeron sobre Toribión. Pero nadie se atrevió a decirle nada. Era mucho lo que llovía.

Joaquín todavía tuvo homor para con sorna comentar:

  • Y Toribio decía fay un momento que nun quedaban osos por aquí.

No contestó nada el mataosos. Levantóse lentamente de la tayuela en que estaba sentado y dijo, dirigiéndose a Miguel.

  • Espérame aquí. Voy a mio casa. Non tardo en venir. Y si ye verdá lo que diz el rexidor, nun tas arruináu. Les pieles, además, al vendese dan por elles un puñáu de riales.

Vino pronto. Traía unos zuecos y unas pantalones y un chaleco ajustado, todo muy ajustado al cuerpo. Y colgando de ambas caderas dos grandes cuchillos.

  • Dime donde te comieron les vaques, y por donde viste les güelles.

Explicóselo bien Miguel. Dióle toda clase de de talles.

  • Nun vayas ahora Toribión, llueve mucho y será difícil que des con ellos.
  • Por mio madre, que eses fieres nun fain la digestión de les vaques.

Y echó a caminar monte arriba, con un saco sobre la cabeza. Nadie trató de seguirle. Sabían que eso irritaría a Toribio. Y siguieron cabruñando y tratando de consolar a Miguel.

Llegó al alto la Lloria y empezó a rastrear por allí. El agua apenas dejaba rastros de los osos. Pensó entonces que acaso la lluvia les hubiese hecho guarecerse en la cueva del Capitán, y hasta allí fue, cogió dos gruesas piedras y las lanzó dentro. Sintió pronto sendos rugidos. Ya los había localizado. Se puso debajo de una peña, y ató a un palo unos cordeles formando una especie de tea. Se metió dentro de la cueva, la prendió y la tiró con fuerza hacia donde estaban los osos. Estos al ahogarse con el humo pronto salieron. Y entonces Toribio se abalanzó sobre uno y desenvainando un cuchillo, se enzarzó en una feroz pelea con la fiera. El hombre buscaba el asirse contra la piel del oso, sabía que un milímetro de separación podía ser su muerte. Buscó durante unos minutos el pescuezo del animal y cuando pudo hallarlo clavó en él su arma. No se separó rápidamente de él. Esperó a que se fuese desangrando y cuando vio que sus brazos no tenían fuerza, le dejó caer.

Siguió al otro oso. Lo provocó, y cuando se abalanzó sobre él, repitió la faena que había hecho al primero. Y otra vez Toribión cobró presa.

Su cara rezumaba agua por todos los sitios. Y todo su cuerpo. Pero no sabía si de la lluvia o del sudor. Aun tuvo agallas para arrastrarlos hasta la cueva y dejarlos allí. Y reemprendió el camino a Llanos de Somerón. Ya se hacía de noche cuando entró en el pueblo. La gente impaciente esperaba el regreso del mata-osos.

  • En la cueva del Capitán están los dos osos muertos. Mañana al amanecer dos o tres de vosotros vais conmigo, para ayudame a quitaios la piel. Toribión lo que promete lo fai.

Y así salvó nuestro hombre de la ruina a Miguel. Pero Toribión al llegar a su casa llevaba el brazo derecho y la espalda llena de zarpazos. Tenía nuestro hombre 28 años y ya empezaba a sentir sobre sus carnes las huellas que en ella dejaban los osos y que le harían, cuando aún era relativamente joven, convertirse en un inválido que le obligaba a usar un carrillo de ruedas para andar.

 Lin de Roces

 

Imagen: Man fighting bear dime novel cover, Beadle’s Frontier Series No. 11, 1908, Davy Crockett’s Boy Hunter by Edward Willett (1830-1899). Grabado que ilustra la caza con el oso de David Crockett, aventurero y héroe popular americano del siglo XIX.

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